El recuerdo no empieza en la guerra. Empieza mucho antes, en el Ingenio Tabacal, cuando Ramón Galván tenía apenas cinco años y vio pasar a un grupo de cadetes. No vio aviones. Vio disciplina, orden, un destino posible. Y decidió que quería ser piloto.

A los 23 años, ese deseo lo encontró en otro escenario: la guerra. El 1 de abril de 1982, en la base de Reconquista (Santa Fe), «la orden fue escueta: desplegar cuatro Pucará al sur», recuerda. Nadie sabía exactamente qué iba a pasar. Horas después, el país se despertó con la noticia de la recuperación de las islas y la guerra empezó a tomar forma.

Galván estaba recién iniciado como oficial, era alférez. Su esposa estaba embarazada. «Era incertidumbre total. Nos preparamos para ir sin saber a qué», recuerda.

Puerto Santa Cruz fue el punto de partida. Un pueblo chico que, con el correr de los días, se transformó en una base improvisada y en una familia.

Los aviones que partieron más antiguos llegaron a Río Gallegos en la madrugada del 2 de abril sin saber aún la magnitud de lo que ocurría. Galván integró 10 días después el despliegue logístico: convertir aeródromos civiles en bases, organizar combustible, repuestos, personal técnico y hasta abogados y médicos para sostener la infraestructura aérea en Puerto Santa Cruz.

Allí, comenta, la vida militar se mezcló con la de un pueblo chico que, con el correr de los días, se convirtió en familia. «La policía nos cedía un puesto de comando; la gente nos llevaba hasta el aeródromo», dice.

Allí entrenaban. Volaban rasante sobre el mar, aprendían a reconocer barcos, probaban armamento. Todo lo que no habían hecho antes. «Nosotros siempre volábamos sobre tierra. Esto era nuevo. Y queríamos aprender, estar preparados», cuenta.

Un alivio muy grande fue que todas las noches tenía «un minutito» para hablar con su esposa por un teléfono que les facilitaba el hotel; eran muchos esperando su turno y un solo aparato.

El 1 de mayo llegó el primer golpe fuerte: los bombardeos ingleses y las primeras bajas. Galván recuerda con crudeza la pérdida en su promoción de Jorge Alfredo Vázquez, «el más chico», cuyo nombre hoy lleva la cohorte de la promoción como homenaje. «Había vuelto solo de una misión donde derribaron a toda su escuadrilla. Y después lo derriban a él. Nos dolió muchísimo», dice.

Pero el dolor fue mayor en Darwin, donde una bomba alcanzó un Pucará y mató a ocho camaradas —pilotos no solo de vuelo, sino mecánicos y armeros— en un solo atentado. «Éramos una familia; ese golpe fue durísimo», afirma.

«Capaz que es la última cena»

El 27 de mayo, la rutina se quebró. Después de trasladar tanques de combustible y bombas entre bases, la orden fue clara: descansar. Al día siguiente, salían a Malvinas. «Nos miramos y dijimos: seguramente hay que cruzar». Esa noche casi no comieron. Tampoco durmieron. «Capaz que es la última cena», pensaron.

A la mañana siguiente, frente al avión, el miedo quedó atrás. «Ahí uno ya se transforma en parte del avión. Se olvida de todo». Doce días antes había nacido su primera hija, en Salta. A su esposa le dijo otra cosa: que lo trasladaban a una estancia, lejos del conflicto. «Fue la única que me creyó», dice.

El 28 de mayo integró una escuadrilla de tres Pucará. La misión era atacar posiciones entre San Carlos y Darwin. Un avión civil del Escuadrón Fénix los guió hasta el límite. Después, siguieron solos, pegados al mar.

La isla apareció cubierta por nubes. No pudieron atacar. Aterrizaron en Puerto Argentino. La situación era crítica. «De los tres aviones que llegamos, esa misma noche quedaron dos fuera de servicio. Uno solo quedó operativo. Éramos 28 pilotos para un avión». La orden fue inmediata: los más jóvenes debían volver al continente.

El regreso

Volvió el 29 de mayo, de madrugada, a Comodoro Rivadavia. Al día siguiente lo trasladaron a Reconquista. Ahí lo esperaba algo que no había imaginado. «Toda la ciudad estaba en la plataforma. Fue emocionante».

Pero el momento más importante todavía no había llegado. «El jefe me dijo: te vas a Salta a conocer a tu hija».

El viaje fue en micro. Con la radio encendida, escuchó el comunicado del Estado Mayor: el ataque al portaaviones Invencible. «La misión más loca del mundo», la define. Entre los pilotos que participaron estaba un compañero suyo. Dos murieron en el ataque. Otros sobrevivieron. «Ahí la emoción me estalla», recuerda. Los pasajeros empezaron a notar algo.

—¿Te pasa algo? —le preguntaron.

—Vengo de Malvinas —respondió.

En la siguiente parada, todos querían acercarse. «Querían invitarme un café, hablar, sacarse una foto. Fue una emoción tremenda».

Llegar a Salta fue otra escena imborrable. Venía de la guerra. Venía de la incertidumbre. Venía de ver morir compañeros. Y venía, también, a conocer a su hija. «Ese momento resume todo», dice.

Años después, una fotografía tomada durante el cruce a las islas terminó de darle forma a ese sentimiento. «Esa foto resume mi vida. Es cumplir el sueño de ser piloto y, al mismo tiempo, haber sido papá».

Después de la guerra

La vida siguió. Galván se retiró de la Fuerza Aérea en 2018 y hoy con 69 años trabaja en el Poder Judicial de Salta, a cargo del área de seguridad. Tiene seis hijos y tres nietos. ninguno militar.

Pero Malvinas no quedó atrás. Sigue dando charlas en escuelas. Prefiere hablar con chicos de primaria. «Ahí están atentos, preguntan, se interesan». En una escuela, incluso, representaron su vida en un acto. «Me enseñaron muchísimo», reconoce.

«Hay que seguir malvinizando»

A más de cuatro décadas de la guerra, su mensaje es claro. «No hay que olvidar a los 649 verdaderos héroes. Ellos dieron la vida». Y agrega: «Nosotros volvimos. Pero ellos no».

Por eso, cada vez que lo invitan a hablar, acepta. «Hay que seguir contando Malvinas en primera persona». Antes de terminar, deja un mensaje para los más jóvenes: «Que amen esta bandera. Que se sientan orgullosos de ser argentinos. Y que den lo mejor desde el lugar que les toque».

El acto será hoy

Salta conmemorará hoy el 44° aniversario del Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas con una serie de actividades organizadas por la Comisión Provincial de Veteranos de Guerra y Familiares de Caídos por Malvinas, conjuntamente con la Dirección General de Aportes Institucionales de la Secretaría de Gobierno. El acto central se realizará a partir de las 10 en Campo Histórico de La Cruz y culminará con un desfile cívico-militar.

Cabe destacar que el homenaje busca recordar y honrar la valentía de los héroes de Malvinas y reafirmar el compromiso con la memoria histórica de la gesta.

En caso de lluvia se realizará como acto oficial una parada militar en la Base de Apoyo Logístico (BAL) del Ejercito, ingresando por avenida Bolivia.



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