Hay programas que se justifican por su ambición y otros que se justifican por su resultado. El concierto de la Orquesta Sinfónica de Salta del miércoles 1 de abril pasado en el Teatro Provincial perteneció, con matices, a ambas categorías, aunque no siempre por las mismas razones.

El maestro Jorge Mario Uribe propuso un recorrido simbólico de hondo aliento pascual. Del recogimiento contemplativo de Richard Wagner (1813 – 1883) al estallido de la Resurrección que propone de Nikolái Rimsky-Kórsakov (1844 – 1908), pasando por el martirio debussyano y el abismo lisztiano. Una arquitectura audaz, sin duda alguna. El hilo conductor de sufrimiento, descenso, purificación y redención, existe y es defendible, aunque habría que señalar que su coherencia es más evocativa que orgánica. Un collage de imágenes religiosas antes que una tesis musical rigurosamente articulada. El riesgo de tal empresa es que «lo espiritual» se convierta en un paraguas demasiado amplio, capaz de cobijarlo todo y, por ello mismo, de precisar poco. Que la noche haya esquivado ese peligro se debió, en medida nada menor, a una decisión dramatúrgica acertada, la incorporación de Oscar Humacata como narrador.

Humacata estuvo sencillamente brillante. Su palabra no decoró la música sino que la preparó, la habitó y la dejó ir en el momento exacto. Logró algo que pocas veces se consigue en este formato, que el público comprendiera lo que estaba a punto de escuchar sin que esa comprensión empobreciera la experiencia. Al contrario. Las ovaciones, cálidas, sostenidas y genuinas, sugieren que la sala encontró en cada obra no solo un placer estético sino un sentido, un propósito. Y eso, para quien, como yo, cree que la música sinfónica tiene una función pública esencial que va más allá del virtuosismo, es una noticia de enorme valor. Ojalá la Orquesta lo instale como práctica regular y no como excepción.

El Preludio del Acto I de “Parsifal” de Wagner abrió con la solemnidad que exige. Los pianos y pianissimi bien calibrados, la arquitectura armónica sostenida con paciencia, el motivo del Grial emergiendo desde los metales con suficiente redondez como para no perforar el velo contemplativo que Wagner teje desde el inicio de la obra. La orquesta sonó homogénea, velada, litúrgica. El primer movimiento de la Sinfonía “Dante” de Franz Liszt (1811 – 1886), ese «Inferno» de una densidad casi insoportable, fue quizás el momento de mayor exigencia técnica de la noche, y la orquesta respondió con gran solvencia en todos sus grupos instrumentales, sin perder de vista que hubieron momentos de gran densidad expresiva. Los Fragmentos Sinfónicos que André Caplet orquestó a partir de “El Martirio de San Sebastián” de Claude Debussy (1862 – 1918), en sólo dos de sus cuatro números, algo que lamenté mucho, ofrecieron un contrapunto de luminosidad contenida, esa transparencia que el compositor levanta como si el sonido tuviera miedo de romper el aire, transmitiendo vulnerabilidad, fragilidad y todo lo contrario al mismo tiempo. Quizás una audición de los cuatro fragmentos me hubieran provisto de una sensación de mayor completitud para una obra que recomiendo encarecidamente al lector. Finalmente, la obertura, “La Gran Pascua Rusa” de Rimsky-Kórsakov cerró la noche con el fervor festivo que le corresponde, campanas, fanfarrias y el trombón cantando como si fuera un sacristán eslavo que en la madrugada anuncia que Cristo ha resucitado.

¿Cuánto de este resultado perteneció a la batuta y cuánto a los propios músicos? Es una pregunta que este cronista se hace con honestidad. La Orquesta Sinfónica de Salta tiene en sus filas instrumentistas de notable formación, capaces de sostener un repertorio de esta envergadura incluso, y aquí cabe detenerse, en condiciones financieras que no acompañan. Quien conoce la realidad material de estos músicos sabe que cada concierto de esta calidad implica un esfuerzo que excede, por lejos, lo artístico. Frente a eso, las exigencias del crítico deben también mirarse desde la humildad. No es lo mismo juzgar desde la comodidad de una butaca que sostener un instrumento cuyo mantenimiento depende de voluntades ajenas y, a veces, indiferentes. Que la música haya sonado así, en ese contexto, es algo milagroso.

El miércoles pasado, el Teatro Provincial albergó una de esas noches en que el arte alcanza su propósito más hondo: demostrar que el viejo tránsito de la oscuridad a la luz, tan antiguo como la liturgia y tan inagotable como ella, puede todavía encarnarse en sonido. Eso, en tiempos tan oscuros como estos, no es poca cosa.




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