Sonia López todavía no termina de creer lo que pasó. Habla y se emociona. Sonríe, se sorprende, vuelve a recordar ese momento en el que su vida cotidiana, hecha de lanas, agujas, pedidos y mensajes de clientas, cambió de golpe por un video que subió casi sin pensarlo.

«Estoy emocionada, todavía sigo emocionada. No puedo creer que siguen llamándome para hacer reportajes, para pedirme turnos, que tanta gente se interese por mi trabajo», cuenta Sonia, la abuela tejedora que en los últimos días se convirtió en una de esas historias que las redes abrazan con ternura y multiplican sin pedir permiso.

Todo empezó en el entretiempo del primer partido del Mundial. Sonia tenía una misión familiar pendiente: terminar y entregar los buzos que había tejido para sus siete nietos. No eran prendas cualquiera. Eran buzos inspirados en la fiebre mundialista, pensados uno por uno, con colores, detalles y modelos elegidos en familia.

Ese día, mientras muchos comentaban el partido, ella decidió subir el video. Lo hizo de manera natural, como quien comparte algo con sus clientas de siempre. Después se fue a dormir. Al día siguiente, al despertar, tomó el celular para responder mensajes como cada mañana. Pero esta vez algo era distinto. «Cuando abrí el celular no podía creer la cantidad de WhatsApp que tenía, Instagram, Facebook. Le mandé mensaje a mi hija y le dije: ‘¿Qué pasó?’. Y me dice: ‘Mamá, te viralizaste'», recuerda entre risas.

La escena parece simple, pero tiene todos los ingredientes de una buena historia: una abuela amorosa, siete nietos, un Mundial, un oficio hecho con paciencia y una comunidad digital que encontró allí algo más que una prenda tejida. Encontró dedicación, ternura y una forma de amor que todavía se hace a mano.

Sonia no buscó la viralidad. No armó una estrategia ni pensó en algoritmos. Subió el video porque quería mostrar los buzos antes de entregárselos a sus nietos. En su casa, tejer para ellos ya era una costumbre. «Mis nietos están acostumbrados, siempre les dejo pulóveres», explica.

Lo cierto es que el video explotó. Los mensajes comenzaron a llegar de todas partes. Consultas, saludos, pedidos, entrevistas. La repercusión fue tanta que Sonia tuvo que tomar una decisión inesperada: sacar el WhatsApp de Instagram. «Ya era muchísima la cantidad de mensajes. Todavía tengo más de 200 para contestar, así que voy de a poquito y les pido paciencia a todos», dice.

La historia de los buzos empezó meses antes. Sonia tiene un grupo de WhatsApp familiar con su marido y sus nietos más grandes. Allí lanzó la idea: como el Mundial caía en invierno, podía tejerles un buzo especial. Y adivinen. Todos querían el suyo. «Cada uno me iba diciendo cómo lo quería, qué detalle. Y ahí comencé», relata.

La lista familiar tiene nombres propios: Fabricio, Ámbar, Santino, Uma, Julieta, Daniel y Emilia. Siete nietos, siete buzos, siete pedidos distintos. Sonia comenzó a tejer en marzo, entre pedidos de clientas y trabajos ya comprometidos. Porque antes de volverse viral, ella ya tenía una agenda llena. Su oficio no nació con el video ni con la fama repentina. Sonia lleva años tejiendo y construyendo una clientela que la sigue y la recomienda.

«Antes de subir el video ya tenía agenda completa hasta fines de julio. Tengo clientas de años que cuando comienza la temporada se agendan todas», cuenta. Pero la viralización cambió la escala de todo. Ahora, dice, tiene pedidos hasta fines de diciembre.

Y no solo de Salta. Sonia ya recibió consultas desde distintos puntos del país y también desde el exterior. «Tengo que averiguar el tema para mandar a México, porque hay muchas personas de México y de otros países que me quieren encargar», comenta. Hasta ahora había hecho envíos dentro de Argentina, a lugares como Río Gallegos, Córdoba y Santa Fe. Pero esta nueva etapa la obliga a pensar más lejos.

El impacto de las redes

En esa expansión inesperada, las redes sociales fueron clave. Sonia maneja todo desde su celular. No tiene computadora ni tablet. Graba, publica, responde y organiza sus pedidos desde la pantalla del teléfono. Aprendió sola, con paciencia y curiosidad, igual que se aprenden muchas cosas en la vida: probando. «Todo hago yo desde mi celular», dice. Y agrega: «Aprendí con las redes, toqueteando el celular, mirando tutoriales. Todo se aprende».

«A mí me ayudó muchísimo el tema de las redes sociales. Si no fuera por las redes, capaz nunca me hubiera hecho conocida. Por lo menos acá en Salta, muchas clientas me conocieron por ahí», reconoce.

A los 60 años, lejos de pensar en frenar, Sonia sueña con más. Sueña con tener su propio local. Sueña con dar clases. Sueña con seguir creciendo. Lo dice con una mezcla de ilusión y determinación: «Todavía sueño. Sueño con tener mi local, así que en cualquier momento se me puede cumplir. Y también dar clases. Tengo muchos sueños todavía».

Animarse a emprender

Su mensaje para quienes no se animan a emprender es claro: no hay edad para empezar, aprender ni mostrarse. «Que no dejen de soñar y que le pongan ganas, porque todo se aprende», afirma.

La historia de Sonia López empezó con lana, agujas y siete buzos para sus nietos. Pero terminó convirtiéndose en algo más grande: una postal de amor familiar, una prueba del poder de las redes para visibilizar oficios y una inspiración para quienes creen que los sueños tienen fecha de vencimiento.

Sonia demuestra lo contrario. Que a los 60 se puede aprender a usar las redes, multiplicar pedidos, recibir mensajes de otros países y seguir imaginando proyectos nuevos. Que un emprendimiento puede crecer desde una casa, con un celular y muchas horas de trabajo silencioso. Y que, a veces, lo que se teje para la familia termina abrigando también a miles de desconocidos que se emocionan del otro lado de la pantalla.



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