En uno de los rincones más alejados de la geografía salteña, donde las distancias, la altura y las dificultades de acceso obligan desde siempre a las comunidades a buscar sus propios sustentos, una antigua historia familiar comenzó a transformarse en una posibilidad de desarrollo.

En Campo La Paz, Nazareno, quedó inaugurado el criadero de truchas «Truchas Yantapayyana», una iniciativa que busca incorporar una nueva fuente de alimentación y, con el tiempo, convertirse también en una alternativa productiva para los habitantes de esta zona del departamento Santa Victoria Oeste, próxima a la frontera con Bolivia.

La apertura tuvo un fuerte carácter comunitario. Vecinos, docentes, alumnos y familias participaron del acto inaugural de las instalaciones, en una jornada que reflejó el entusiasmo generado por una iniciativa que nació dentro de la propia comunidad y que ahora comienza una nueva etapa.

Como parte de la ceremonia se entonó el Himno Nacional Argentino y se izaron las banderas de Argentina y de la provincia de Salta. El escenario tuvo además un significado particular: se trata de una comunidad ubicada en un territorio fronterizo y de difícil acceso, donde cualquier proyecto que genere oportunidades adquiere una dimensión que excede lo estrictamente productivo.

El entusiasmo de los vecinos fue una de las notas distintivas de la jornada. Para muchos, el criadero representa la posibilidad de producir localmente un alimento que hoy debe llegar desde otros puntos, pero también la expectativa de que la experiencia pueda crecer y generar nuevas oportunidades para las familias de la zona.

De una memoria familiar a un proyecto comunitario

El origen de la iniciativa se remonta al maestro Celso Lamas, de la Escuela 4207, quien recuperó un recuerdo transmitido por uno de sus abuelos: muchos años atrás, en una de las lagunas de Campo La Paz, había truchas.

Aquella referencia despertó una pregunta que terminó convirtiéndose en proyecto: si las condiciones naturales habían permitido alguna vez la presencia de estos peces, ¿era posible recuperar esa experiencia y adaptarla a las necesidades actuales de la comunidad?

La búsqueda llevó a la escuela y a los impulsores del proyecto a tomar contacto con Rody Velardes, productor y referente de la piscicultura salteña, conocido por su emprendimiento Truchas de Pulares, en Chicoana.

El vínculo se fue consolidando durante aproximadamente un año. Velardes no solo aportó su conocimiento y asesoramiento, sino que también realizó una contribución decisiva para poner en marcha la experiencia: 2.500 alevinos de trucha, además de colaboración para la infraestructura necesaria.

Así, un conocimiento desarrollado durante años en los Valles Centrales salteños comenzó a trasladarse a una comunidad del norte provincial, en una experiencia que combina conocimiento técnico, iniciativa educativa y participación comunitaria.

Mucho más que criar peces

El desafío ahora comienza realmente. Los alevinos son apenas el punto de partida de un proceso que requerirá trabajo cotidiano, mantenimiento de las lagunas, seguimiento de los peces y organización comunitaria.

La expectativa es que la producción pueda sostenerse, reproducirse y crecer con el tiempo. Si el proyecto logra consolidarse, las truchas podrían convertirse en una fuente regular de alimento para las familias de Campo La Paz y, eventualmente, abrir la puerta a una experiencia productiva de mayor escala.

Ese es uno de los aspectos que despierta mayor expectativa entre los habitantes: que el criadero no quede limitado a una experiencia aislada, sino que pueda transformarse en una herramienta de desarrollo local.

En un territorio donde el abastecimiento de alimentos y otros productos representa muchas veces un desafío por las distancias y las condiciones de acceso, producir parte de lo que se consume puede significar una diferencia concreta.

La experiencia también demuestra cómo conocimientos y capacidades desarrolladas en otros lugares de la provincia pueden adaptarse a realidades muy diferentes. En este caso, la piscicultura desarrollada por un productor de Chicoana se combina con una iniciativa surgida desde una escuela y una comunidad de Nazareno.

Una apuesta que recién comienza

La inauguración marcó, en definitiva, el cierre de una primera etapa y el comienzo de otra mucho más exigente.

Aquella memoria familiar sobre las truchas que alguna vez habitaron las lagunas de Campo La Paz dejó de ser solamente un recuerdo. Ahora existe una infraestructura, hay 2.500 alevinos y, sobre todo, una comunidad que decidió involucrarse en el proyecto.

El verdadero resultado se medirá con el tiempo. Será necesario comprobar si las truchas logran adaptarse, si el sistema puede sostenerse y si la experiencia consigue convertirse en una producción permanente.

Pero el primer paso ya está dado. Y en una comunidad tan alejada como Campo La Paz, donde cada nueva oportunidad de desarrollo tiene un valor especial, la inauguración del criadero significó mucho más que la apertura de unas instalaciones: fue la expresión de una comunidad que decidió transformar una posibilidad del pasado en una apuesta concreta por su futuro.



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