Es probable que en algún lugar, cruzando la frontera de la vida, estén organizando un gran recital. Uno de esos encuentros capaces de marcar un antes y un después en la historia de la música argentina, como lo fue aquel recordado ciclo del B.A. Rock, sobre todo el de 1982, cuando el país comenzaba a dejar atrás sus años más oscuros y el rock se afirmaba como una expresión de libertad. Esta vez, sin embargo, el escenario imaginario tendría como protagonistas a algunos de los grandes músicos que nos dejaron en lo que va de este 2026.
Allí podría estar el Indio Solari, con su voz áspera y su poesía indescifrable, compartiendo escenario con Ricardo Soulé, uno de los padres fundadores del rock nacional. Felipe Staiti afinaría su guitarra mientras Daniel Buira prepararía los parches. Daniel Melingo aportaría su particular universo musical y Miguel Zavaleta, seguramente, encontraría alguna melodía para convertir el encuentro en una celebración.

La lista es tan extensa como dolorosa. El rock nacional perdió en los últimos meses a figuras que pertenecieron a distintas generaciones y que, desde lugares muy diferentes, ayudaron a construir su identidad. Muchos de ellos representaron formas de pensar, de vivir y de interpretar una Argentina atravesada por cambios políticos, sociales y culturales.
Fallecieron, el Indio Solari, Felipe Staiti (Los Enanitos Verdes), Daniel Buira (Los Piojos), Ricardo Soulé (Vox Dei), Piero, Daniel Melingo (Los Abuelos de la Nada y Los Twist), Miguel Zavaleta (Sueter), Marcelo Decall (Pasaporte), Rubén el “Negro” Rada, Adrián Bar (Orion’s Beethoven) y Lucho González, entre otros.
La muerte del Indio Solari, el 5 de junio, a los 77 años, fue probablemente el golpe más profundo. Líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, construyó un fenómeno que trascendió ampliamente los escenarios. Sus canciones se transformaron en banderas de varias generaciones y sus recitales, en verdaderos acontecimientos sociales. Con él se fue una de las últimas grandes figuras de una época en la que el rock era una manera de desafiar lo establecido.
Desde un principio, el año había comenzado a mostrar su costado más cruel. En enero murió Adrián Bar, fundador de Orion’s Beethoven, uno de los nombres que ayudaron a abrir caminos cuando el rock argentino todavía buscaba consolidarse. En marzo llegó la noticia del fallecimiento de Daniel Buira, baterista de Los Piojos y creador de La Chilinga, un espacio donde la percusión se convirtió en herramienta de formación y encuentro.
Abril se llevó a Felipe Staiti, guitarrista y fundador de Los Enanitos Verdes. Con su partida, el rock mendocino perdió a uno de sus grandes embajadores, protagonista de una banda que consiguió llevar sus canciones a prácticamente toda América Latina.

Después llegaron otras despedidas, como la de Daniel Melingo, dueño de una personalidad artística que unió el rock, el tango y la experimentación. Murió a fines de junio. Miguel Zavaleta, líder de Suéter y símbolo de aquella explosión creativa de los años 80, falleció en agosto. Y el 2 de octubre murió Ricardo Soulé, fundador de Vox Dei y creador de una obra fundamental como La Biblia.
El dolor se profundizó con las partidas de Marcelo Decall, fundador de Pasaporte y referente del rock cordobés, y de otros músicos que, aunque tuvieron menor exposición mediática, contribuyeron a sostener esa enorme construcción colectiva que es el rock nacional.

En ese recital imposible también habría lugar para Piero, fallecido el 7 de octubre, cuya voz acompañó las luchas, las esperanzas y los sentimientos de varias generaciones. También para Rubén “Negro” Rada, el extraordinario músico uruguayo que derribó fronteras entre el candombe, el jazz, el rock y los ritmos afroamericanos.
La guitarra de Lucho González, peruano-argentino y recordado por sus trabajos junto a Lito Vitale y Bernardo Baraj, aportaría sonidos latinoamericanos a esa reunión imaginaria, donde las diferencias de estilos perderían importancia frente a una misma pasión.Las pérdidas alcanzaron al folclore y a las expresiones musicales de los pueblos originarios que también sufrieron despedidas difíciles de reemplazar. Rubén Patagonia, fallecido en enero, fue mucho más que un cantor, representó la memoria, las raíces y la identidad cultural de los pueblos del sur argentino.

En el norte, una región donde la música forma parte de la vida cotidiana, la muerte de José Luis “Pucho” Ponce, histórico bajista de Los Tekis, provocó una profunda tristeza. Su aporte al sonido del grupo jujeño dejó una huella especial en los escenarios folclóricos, tan cercanos al público salteño.
La música académica, por su parte, perdió referentes de enorme trayectoria, como el compositor y arreglador Jorge Calandrelli y el director de orquesta Pedro Ignacio Calderón. A esas ausencias se suma la del joven músico y productor Bernardo “Berni” Cordero, fallecido el último día de 2025, cuyo legado recibió distintos homenajes durante este año.
Quizás, en ese escenario imaginario, todos estén ensayando una versión latinoamericana de We Are the World, con guitarras eléctricas, bombos, charangos, percusión africana y arreglos sinfónicos. Una canción colectiva que reúna las muchas identidades musicales de nuestro continente.
Mientras tanto, de este lado de la vida, 2026 será recordado como un año de enormes pérdidas para la música argentina. Pese a que los artistas se van, las canciones y las melodías, cuando verdaderamente llegan al corazón de un pueblo, encuentran siempre la manera de quedarse.







