El instituto terciario de esa localidad que lleva su nombre estuvo la semana pasada celebrando el 35 aniversario de la institución educativa que en el primer año recibe a chicos que tienen la edad que tenía Ricardo, estudiante de quinto año de la escuela Técnica de Tartagal, quien al cumplir 18 años había sido convocado para cumplir con el Servio Militar Obligatorio y fue designado a la Marina allá lejos al sur del país. en Puerto General Belgrano, provincia de Buenos Aires.

Para los seis hermanos Paz que como entonces siguen viviendo todos en General Enrique Mosconi, es una fecha triste, difícil por el trágico destino del mayor de todos ellos, pero también por el hecho de recordar el sufrimiento de sus padres, de su mamá que nunca dejó de esperar su regreso del hijo mayor.

Tristemente, aquella tarde que, fuera de la zona de exclusión pactada con el Reino Unido de Inglaterra el buque insigne de la flota argentina que navegaba al sur del archipiélago malvinense fue alcanzado por dos torpedos del submarino atómico Conqueror, se llevó la vida del muchachito norteño entre tantas otras de jóvenes que eran tripulantes de la nave. Para muchos, un crimen de guerra.

Para el mosconense que momentos antes bajaba a la sala de máquinas -por su habilidad con los motores por su condición de estudiante de una escuela técnica había sido destinado a ese sector- no hubo oportunidad. Otro chico de Tartagal lo cruzó en la escalerilla minutos antes del primer impacto.

En la segunda explosión el ARA se hundió llevándose la vida de 323 marinos, entre ellos la de Ricardo Armando Paz.

Aquella tarde trágica

Curioso es el destino para los hermanos Paz porque mientras Ricardo entregaba su vida en las gélidas aguas del Atlántico Sur, su hermano Fabián que le seguía en edad hoy lo hace en el norte, en un lugar demasiado cálido, de tan difícil acceso que necesariamente hay que ingresar por Bolivia, cruzar de regreso a territorio argentino el río Itaú y recién llegar a esos alejados parajes en plena Yungas del norte, donde familias de salteños, con su sola presencia defienden la soberanía nacional, sin halagos de nadie y sin estridencias. También hacen Patria a diario.

Fabián tenía 17 años aquel mes de febrero de 1982 cuando lo vio por última vez a Ricardo -un año mayor que él- antes que su trágico destino al ingresar para cumplir con su obligación civil, lo llevara a cumplir el servicio en la Armada Argentina.

El fútbol, la pasión

«Lo que me acuerdo de él es que fuimos a jugar al fútbol al club Madereros porque vivíamos ahí cerquita y era lo que más nos gustaba, el fútbol. Los dos íbamos a la escuela técnica de Tartagal y él cumplió 18 años y le llegó la citación para presentarse. Le dijo a nuestros padres que quería ir, cumplir con eso y volver para terminar sexto año. Era bien estudioso mi hermano, cumplido, buen hijo, buen muchacho», recuerda Fabián.

El maestro Fabián Paz hoy evoca con la tristeza marcada en su voz ese día 2 de mayo de hace 44 años «porque cuando llegó la noticia que lo habían impactado al ARA General Belgrano mi madre salió desesperada de la casa. Se fue al Regimiento 28 de Infantería a Tartagal a preguntar si habían fallecidos, heridos, si tenían algún nombre y nadie sabía decirle nada».

Y el recuerdo ser hace cada vez más intenso en la memoria del maestro. «Mis padres soportaron casi una semana sin que nadie les diera información y hoy que soy un hombre mayor, no puedo ni siquiera imaginar el sufrimiento de los dos. A los 6 días tocaron la puerta de la casa y como en ese momento el interventor de Salta era el Capitán de Navío, Roberto Augusto Ulloa, venían unas personas de esa fuerza a informarle a mis padres».

A Fabián le quedó marcado a fuego en la retina y en el corazón un detalle de ese momento de dolor: «Nunca lo habíamos visto llorar a mi papá porque era un hombre fuerte, curtido por la vida. Pero en ese momento se quebró en llanto. Mi mamá quedó destrozada en cuerpo y alma al punto que al poco tiempo contrajo una diabetes grave a causa del padecimiento y el dolor».

Ella lo esperó hasta el último día de su vida

Los años pasaron, pero el tiempo no logró borrar la tristeza de aquel día.

Casi 9 años más tarde volvieron a recibir a personas desconocidas pero esta vez, la noticia era más grata. «Les venían a decir que iban a abrir un instituto terciario en Mosconi y les pedían la autorización para ponerle el nombre de mi hermano» recuerda Fabián con detalles puntuales que hacen a la historia más emotiva y conmovedora.

«Mis padres aceptaron agradecidos, ese y otros reconocimiento que le hicieron a Ricardo, pero ella nunca, hasta el día que murió, perdió la esperanza que la mantuvo con vida. Siempre esperaba calladita, en las tardes o en la noche que un día Ricardo se apareciera en la puerta de la casa».

Para Rosa, la esperanza se transformó en la forma de controla tanto dolor. Y esa historia de esperanza conmueve hasta la lágrimas: «Como nunca se pudo recuperar su cuerpo, ella nos decía que capaz lo habían tomado prisionero, lo habían rescatado del naufragio, y siempre nos hablaba de cualquier otra esperanza. Se fue así con esa ilusión intacta y al tiempo también se fue mi papá» recuerda este docente sanmartiniano que

en medio de sus alumnos, en un medio inhóspito, difícil, en ese alejado paraje de la geografía argentina, recuerda a su hermano, un año mayor que él, en esas tardes de fútbol, en esas idas a la escuela Técnica de Tartagal, en esos pocos años que pudieron compartir como hermanos.

Pero a Fabián solo lo inundan sentimientos nobles, pensamientos buenos, acciones dignas y cuando se le pregunta qué piensa, qué siente, qué tiene para decir de la muerte tan injusta del Conscripto Ricardo Armando Paz, que perdió su vida con tan solo 18 años, en una guerra absurda solo esboza un sencillo, triste, reflexivo y profundo: «Nunca más».



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