Normando «Corto» Villagra es director del Centro Cultural de Tartagal y, por 35 años, trabajó en la docencia, ejerciendo durante 20 años la dirección de la escuela Técnica N° 3109 OEA de Tartagal. Convivencia más allá de las actividades curriculares, participación de los padres de manera continua, solidaridad para con otras instituciones y límites para los chicos. Algunas de las técnicas que aplicó desde su sentido común para enfrentar el flagelo de la violencia dentro del establecimiento a su cargo, al que asisten alrededor de 1.200 chicos.

Fuera gorra y fuera capuchas

Tanto en 1985, cuando Normando Villagra se inició como docente, como en la actualidad, la escuela de Educación Técnica OEA reúne a chicos y chicas de diferentes barrios y comunidades, muchas de ellas muy postergadas en términos económicos. «Para cualquier docente joven de ese momento, trabajar en una escuela de nivel medio era un enorme desafío porque la violencia siempre existió y era tan complicado como ahora. Lo primero que hice cuando tuve poder de decisión fue disponer que los chicos se saquen las gorras y se bajen las capuchas. No hay cosa que estigmatice más a un chico que esa vestimenta, más si es un morochito como la gran mayoría de los chicos del norte; genera tanta desconfianza que hasta la policía los aborda aunque no estén haciendo nada. La capucha me costó un poco más porque se hacen hacer las chombas y el buzo, y siempre vienen con capucha, pero mi objetivo era que muestren la cara, que no se escondan, una forma de que se hagan responsables de todos sus actos desde la adolescencia».

Marcha por la paz y trabajo los días sábado

«Junto a otra docente que dictaba literatura, la profesora Sandra Arias, armamos un proyecto de convivencia que lo desarrollábamos en el Centro de Empleados de Comercio, donde los chicos de diferentes cursos hacían deportes, otros cantaban, otros bailaban. Recuerdo que comenzamos organizando una marcha por la paz y, en el trayecto desde la escuela hasta el predio, llevábamos bolsas de residuos e íbamos levantando la basura que encontrábamos en el camino».

Otro de los proyectos presentado por el profesor Villagra, que tuvo el acompañamiento de un grupo de docentes, fue el de trabajar en la escuela los días sábados. «Por supuesto que no todos mis colegas se sumaron por diferentes razones, pero algunos que entendieron la idea lo hicieron, y fue una experiencia maravillosa».

La idea de «Corto» Villagra era brindar clases de apoyo a los chicos que venían retrasados en diferentes materias, «pero también jugábamos al vóley, hacíamos empanadas; los padres firmaron un acta en la que se comprometían a llevarlos y traerlos de la escuela. Llegó un momento que los chicos de los cursos más altos se ocupaban de darle clases a los más chicos y, así, muchos descubrían su vocación docente. Eran los chicos que iban a la escuela sin necesidad de aprender nada, solamente para enseñarles a sus compañeros y compartir toda la mañana del sábado, donde la pasábamos muy bien, dejando de lado ese descanso, pero bien valía la pena«.

Viajes de estudio y acciones solidarias

Unos años más tarde, la experiencia de los días sábados en la escuela le despertó al Profe Villagra «el interés de que los chicos conozcan las empresas más importantes de la ciudad de Salta. Mis alumnos eran de familias de escasos recursos, y muchos nunca habían salido de Tartagal, así que era una aventura salir de viaje. Varios años fuimos a conocer Diario El Tribuno, Coca-Cola, la Central Térmica Güemes, Termo Andes. Eso me demandaba muchas gestiones porque el viaje, la estadía, todo significaba recursos; implicaba mucha responsabilidad sacar a tantos chicos desde Tartagal, pero si a ellos la experiencia les hacía bien, yo siento que fui el más beneficiado en todos esos años de poder aportar un poquito para su formación, para que conocieran la capital de su provincia y los lugares donde se producía lo que ellos veían en su pueblo como un producto final».

Todos los años, los chicos de los dos últimos cursos de la OEA de Tartagal desarrollaban, de la mano de Villagra, otro proyecto tan loable como todos los anteriores: con elementos de trabajo, con herramientas, componentes e insumos muchos donados por comercios locales, armaban salidas hacia otras escuelas de la periferia o de las comunidades pertenecientes al municipio de Tartagal (algunas distantes más de 90 kilómetros de la ciudad), donde llegaban con el objetivo de mejorarles la estructura edilicia. Aulas, cocinas, comedores, reparación de pozos de agua, de los sistemas eléctricos fueron algunas de las acciones que desarrollaban en jornadas que duraban varios días. También allí los docentes que se sumaban a la iniciativa, los chicos de la OEA y los niños y docentes lugareños compartían la comida, música, canto, charlas bajo el cielo límpido y mucha convivencia.

El docente es crítico de la utilización de teléfonos móviles en el aula, «porque seguro la tecnología me agarró de muy grande. Cuando la ex presidenta Cristina Fernández implementó el plan nacional de entrega de netbooks, yo pretendía que las lleven el día que realmente la necesitaban, pero con fines didácticos, pero las tenían llenas de virus y de juegos. Ahí, como en muchos aspectos, tienen plena responsabilidad los padres que no pueden desconocer lo que los chicos tienen en el celular, en la computadora o en la mochila. A muchos padres les cuesta entender que la escuela transmite a sus hijos conocimiento, pero la educación le corresponde básicamente a ellos. En síntesis, hoy que la violencia en las escuelas genera tanta angustia, considero que hay una responsabilidad compartida entre los padres, los docentes y la sociedad toda en este flagelo dentro y fuera de las escuelas, que se presenta de tantas maneras que hasta parecería estar de moda. Tenemos que recuperar muchos valores sin que eso implique quitarle libertad a los chicos, y es un fino equilibrio que entre todos debemos encontrarlo», reflexionó el docente.



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