A veces, la voluntad no alcanza para sostener las estructuras frente a una realidad económica que no da tregua. Durante más de una década y media, la figura de Julián Weich estuvo indisolublemente ligada a un modelo de negocio atípico en Argentina: el de una empresa social que transformaba el consumo cotidiano de productos básicos en ayuda directa para quienes más lo necesitan. Ese ciclo de altruismo productivo parece haber llegado a su punto final.
Durante su reciente paso por la mesa de Juana Viale, el actor y conductor dejó de lado las anécdotas del espectáculo para compartir una noticia que generó impacto y preocupación: el inminente cierre de Conciencia, la marca que fundó con la premisa de donar el 50% de sus ganancias a diversas ONGs.
Un modelo que chocó contra el mercado
La propuesta de Conciencia era simple pero ambiciosa: productos de primera necesidad, como agua mineral, arroz, puré de tomate y hasta pintura, cuya compra garantizaba una transferencia de fondos a causas sociales. No se trataba de una fundación que pedía dinero, sino de una empresa comercial que competía en las góndolas con las grandes marcas nacionales e internacionales.
«No funciona más», admitió Weich con una crudeza que descolocó a los invitados. El diagnóstico es puramente económico: la caída del consumo generalizado ha reducido los márgenes de tal manera que la logística de operación ya no permite generar el excedente necesario para cumplir con el objeto social del proyecto.

El peso de la ética
Lo que más preocupó al conductor no es solo la pérdida económica, sino el compromiso moral con el consumidor. Julián reveló que durante el último año la marca ya no pudo realizar las donaciones pautadas debido a la falta de rentabilidad.
“Ya me parece vergonzoso vender productos diciendo que dono la mitad de las ganancias y no donar. Ya está”, sentenció, subrayando que prefiere bajar la persiana antes que sostener una promesa que el contexto actual le impide cumplir. Esta transparencia marca un contraste con la lógica empresarial tradicional, donde el marketing suele primar sobre la realidad financiera de los programas de RSE.
Más allá de los números, en el relato de Weich asomó una sensación de desolación ante la falta de apoyo del sector privado. Comentó que incluso aquellos aliados que lo acompañaron durante años hoy se encuentran sumergidos en sus propias urgencias, perdiendo el foco en la colaboración externa.
Con el cierre de esta marca, no solo desaparece un nombre de la góndola, sino un puente que permitía a los ciudadanos colaborar con entidades benéficas a través de su compra diaria. Es el fin de una era para uno de los proyectos pioneros en economía social en el país, dejando un vacío difícil de llenar en un ecosistema donde la solidaridad parece ser la primera variable de ajuste.







