En medio de la aceleración tecnológica y la transición energética global, un conjunto de elementos químicos comienza a ganar protagonismo en el escenario minero: las llamadas «tierras raras». Aunque durante décadas permanecieron fuera del radar público, hoy se ubican en el centro de la discusión sobre el futuro energético, industrial y geopolítico.

Sobre este eje giró la exposición del doctor en Geología por la Universidad Nacional de Salta, Mauro de la Hoz, quien participó del ciclo «Hablemos de lo que viene» organizado por El Tribuno. Con una trayectoria de más de 15 años en el estudio de estos elementos, el especialista propuso una mirada integral que combinó ciencia, mercado y proyección estratégica.

Qué es y qué importa

Lejos de lo que su nombre sugiere, las tierras raras no son escasas en la naturaleza. Se trata de un conjunto de 15 elementos químicos conocidos como lantánidos, a los que se suman el itrio y el escandio. El término «tierra» responde a una antigua denominación mineralógica, mientras que «raro» alude a la dificultad histórica para separarlos y analizarlos.

«El nombre puede llevar a confusión. No son raros por su abundancia, sino por lo complejo de su procesamiento», explicó De la Hoz, al remarcar que estos elementos están distribuidos en la corteza terrestre en concentraciones muy bajas, lo que dificulta su explotación económica.

Esa particularidad es, justamente, la que explica su valor: su estructura atómica les confiere propiedades magnéticas, eléctricas y ópticas excepcionales. «Esa configuración es la que nos permite desarrollar tecnologías cada vez más eficientes y compactas», añadió.

Tecnología invisible

Uno de los aportes más claros de la exposición fue evidenciar hasta qué punto las tierras raras están presentes en la vida cotidiana, aunque de manera invisible. Desde pantallas LED hasta teléfonos inteligentes, pasando por vehículos eléctricos, satélites, sistemas de comunicación y equipamiento médico, estos elementos son parte esencial de la tecnología contemporánea.

Un caso emblemático es el de los imanes de neodimio, utilizados en motores eléctricos y dispositivos electrónicos. Gracias a ellos, la industria logró reducir drásticamente el tamaño de los componentes sin perder potencia. «Hoy podemos tener motores diminutos con una eficiencia altísima. Eso es posible por las tierras raras», explicó.

El impacto también alcanza a las energías renovables. Una turbina eólica puede requerir hasta una tonelada de estos elementos, mientras que nuevas investigaciones buscan mejorar la eficiencia de los paneles solares mediante su incorporación. Incluso, desarrollos recientes apuntan a aprovechar espectros de radiación solar que hoy se desperdician.

Recurso estratégico

Aunque su uso no es nuevo -ya se aplicaban en distintas industrias hace más de 40 años-, el salto en la demanda se dio con la expansión de la tecnología digital y la transición energética. Ese cambio transformó a las tierras raras en un recurso estratégico.

El mercado global muestra una creciente tensión entre oferta y demanda. Según proyecciones internacionales, hacia 2030 podría registrarse un déficit en el suministro, especialmente en elementos clave como el neodimio.

Ese escenario tiene una fuerte dimensión geopolítica. China domina actualmente la cadena de valor: concentra la mayor parte de la producción, la refinación y la fabricación de productos derivados. «No solo extrae, sino que controla el procesamiento y la industrialización. Ahí está la clave del negocio», señaló De la Hoz.

Esta concentración generó, en distintos momentos, restricciones de exportación, subas abruptas de precios y conflictos comerciales, lo que impulsó a otros países a buscar alternativas.

A partir de estas tensiones, distintas naciones comenzaron a invertir en exploración y desarrollo de yacimientos propios. Estados Unidos, Australia, Brasil y países europeos avanzan en proyectos para reducir la dependencia externa.

Brasil, por ejemplo, logró escalar posiciones en reservas a nivel mundial gracias a una política sostenida de exploración. En paralelo, nuevos proyectos surgen en América Latina, marcando un cambio en el mapa productivo.

En este contexto, Argentina aparece como un territorio con potencial geológico aún poco desarrollado en este campo.

La Puna, en el radar

Según explicó De la Hoz, ciertas características geológicas del norte argentino -particularmente de la Puna- abren la posibilidad de identificar depósitos con presencia de tierras raras.

«Todavía estamos en etapas iniciales, pero hay indicios que justifican profundizar los estudios», señaló. La región, ya conocida por su riqueza en litio y otros minerales, podría sumar así un nuevo capítulo en su perfil productivo.

No obstante, el desarrollo de estos recursos implica desafíos técnicos y económicos. A diferencia de otros minerales, las tierras raras requieren procesos de separación y refinación altamente complejos, lo que demanda inversión, tecnología y formación de recursos humanos especializados.

Necesidad de información

Uno de los aspectos más sensibles es el impacto ambiental. En este punto, el especialista buscó desmitificar algunas percepciones instaladas. «La minería de tierras raras no es necesariamente más contaminante que otras. El problema está en cómo se hace», explicó. Señaló que los mayores daños registrados a nivel mundial provienen de explotaciones informales o de yacimientos específicos, como las arcillas en regiones tropicales, donde se han documentado fuertes impactos.

En cambio, los proyectos en roca -como los asociados a carbonatitas- presentan condiciones más controlables bajo estándares modernos.

De la Hoz advirtió, sin embargo, sobre el riesgo de la desinformación. «Muchas veces se toman casos extremos y se generalizan. Eso dificulta un debate serio», indicó.

En construcción

La irrupción de las tierras raras en la agenda minera plantea un nuevo escenario para Argentina. Más allá del potencial geológico, el desafío pasa por construir una estrategia que combine exploración, desarrollo tecnológico, regulación ambiental y consenso social.

«La demanda global está asegurada. La cuestión es si vamos a estar en condiciones de participar de ese mercado», sostuvo.

En ese sentido, el especialista destacó la importancia de articular el trabajo entre universidades, centros de investigación y sector productivo, como paso previo a cualquier desarrollo a gran escala.

La exposición dejó en claro que las tierras raras no son solo un recurso más, sino parte de una transformación estructural de la economía global. Son insumos clave para la electrificación, la digitalización y la innovación tecnológica.

Para regiones como la Puna, esto abre una ventana de oportunidad que podría redefinir su rol en la minería argentina. Pero, como advirtió De la Hoz, el éxito dependerá de cómo se gestione ese potencial.

En un mundo que demanda cada vez más tecnología y energía limpia, las tierras raras aparecen como un eslabón indispensable. Y su desarrollo, en Argentina, recién comienza a escribirse.



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