En un mundo en el que la xenofobia, las migraciones forzadas y la desigualdad creciente constituyen una tragedia generalizada, las acusaciones de racismo que en este mundial de fútbol han levantado dirigentes y técnicos, suenan frívolas e irresponsables.
En primer lugar, porque se intenta llevar los vaivenes del deporte a una dimensión política. Esto afectó a la Argentina especialmente después de su triunfo frente a la selección de Egipto, cuyo director técnico Hossam Hassan hizo gestos denunciando racismo; redes sociales y hackers egipcios, que citaban fuentes falsas, amenazaron en nombre del Islam, y hasta el mismo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ugandés y de religión islámica, se sumó a la campaña.
El racismo y la xenofobia existen en el mundo y se cobran miles de vidas en estos días. En África, Sudán y la República del Congo se desangran y generan migraciones masivas. En Sudáfrica, hace 30 años un modelo de superación del racismo gracias a Mandela y su exitosa lucha pacífica contra el apartheid, se ha desencadenado una oleada de violencia xenófoba contra refugiados congoleños. El odio religioso y étnico atraviesa a Medio Oriente y Asia central en guerras que hoy involucran, especialmente a EE. UU., Israel, Gaza e Irán, pero se expanden por la región y es una bomba de tiempo contra la paz mundial. Y en EE. UU., la expulsión discrecional de inmigrantes ilegales dispuesta por el presidente Donald Trump parece incompatible con el Estado de Derecho, impropia de una potencia que fue emblema de la democracia.
En la Argentina, estamos muy lejos por ahora de situaciones similares, aunque a veces asomen iniciativas xenófobas y racistas aisladas.
En el fútbol, los insultos hirientes y las amenazas son muestras de grosería y desprecio. Y son inevitables. Pero sancionar con suspensiones a jugadores que utilicen gestos y palabras racistas e ignorar insultos tanto o más graves es una forma de frivolizar el problema.
En esta ocasión, vuelve a llamar la atención el hecho de que la selección argentina no tenga ningún jugador afrodescendiente. Aunque durante el virreinato del Río de la Plata llegaron numerosos esclavos provenientes de África, es evidente que no consolidaron comunidades a lo largo del tiempo y, más bien, se mestizaron con los pueblos originarios o con los pobladores hispanos. La teoría de que la mayoría murió en las guerras de la independencia o por epidemias no está verificada.
La Argentina no es un país racista. Desde su fundación, uno de los primeros pasos fue la declaración de la «libertad de vientres», es decir, la abolición de la práctica, y el negocio, de la esclavitud. Y más adelante, con la mirada puesta en el desarrollo y el progreso, los constituyentes de 1853 abrieron las puertas a la inmigración. Las oleadas de inmigrantes mediterráneos fueron mayoritarias. De ese modo, se configuró una población con fuerte presencia europea y criolla, y esencialmente, multiétnica.
Más allá de los prejuicios o actitudes particulares de algunos argentinos, lo cierto es que la Argentina aparece en los estudios internacionales entre los países más hospitalarios.
Hay datos elocuentes: en la Argentina viven y trabajan hoy dos millones de personas nacidas en el exterior; la mayoría procedentes de Paraguay, Bolivia y Venezuela. Además, unos 126.500 estudiantes extranjeros cursan en las universidades públicas. En la Facultad de Medicina de la UBA representan el 28% de la matrícula. Eso sería imposible en un país racista.
Por eso, los hinchas argentinos recibieron y despidieron con aplausos a los jugadores de Cabo Verde, un país que tiene una comunidad de inmigrantes radicados desde los años ’30 en el conurbano porteño.
Y, sobre todo, la alegría que contagiaron nuestros simpatizantes en todas las ciudades donde jugó la selección mostró mejor que las estadísticas lo mejor de esa identidad pluralista y hospitalaria que todavía nos honra.





