«La epilepsia es el trastorno neurológico más prevalente a nivel mundial, después de la migraña. Aún así, continúa rodeada de fantasías, y en gran medida estigmatizada», dice la gacetilla de prensa. Con esa premisa, se presenta «El temblor», documental dirigido por Santiago van Dam, esta noche, a las 21, en la Usina Cultural dentro del ciclo Los Martes, con la presencia del realizador.
La función en Salta es especial y tiene una carga emocional para van Dam, luego de que el largometraje transitara con éxito por el Cine Gaumont en Buenos Aires —donde estuvo dos semanas en cartelera— y recorriera la red de Espacios INCAA en Formosa, Orán, Caleta Olivia y San Martín de los Andes. Además, el film fue seleccionado para integrar el catálogo de entretenimiento a bordo (VOD) de Aerolíneas Argentinas.
Vínculos con Salta
Aunque nació en Buenos Aires, van Dam vivió en Salta entre 1992 y 1998, un período decisivo en su vida que abarcó de los 12 a los 18 años. «Mi diagnóstico de epilepsia me lo hicieron un poquito antes de llegar. Arribamos a Salta enfrentándonos a esa realidad y probando medicación. Por mi carácter retraído me puse a dibujar; hice un curso de historietas con Silvia Katz y Daniel Zagárnaga, publiqué fanzines y tuve una banda de rock con la que llegamos a tocar en el Teatro Cine América», recuerda el cineasta en contacto con El Tribuno.
«Me fui en 1998 a estudiar cine a Buenos Aires. Y ya me quedé allá, laburando. Acá en Salta también conocí a mi señora, y ella vive conmigo en Buenos Aires, es peluquera, y tenemos una peluquería en casa», cuenta.
Contar la propia historia
Cuando obtuvo un financiamiento para desarrollar el guion, comenzó a cobrar vida el proyecto. «Con ese guioncito, conseguí una plata para un demo, que no era toda la película sino unos ocho minutos, el equivalente a un cortometraje, para ayudar a vender la película junto con el guion», dice.
«Y decidí ponerlo en Salta, acá viven mis viejos, acá vive uno de mis hermanos, el más cercano en edad. Y era donde más info había si quería yo vender este proyecto. Y contaba ya con filmar otras cosas, las personas, que están todas en la película, la verdad», completa.
Exponer la vivencia personal y en cámara no fue una decisión sencilla para el realizador. Además, quería alejarse de cualquier sesgo de oportunismo temático.
«Yo estudié para estar detrás de cámara y era la primera vez que lo hacía. De hecho, me daba un poco de pánico e inclusive no quería parecer vanidoso», dice sobre cuando comenzó este proyecto. «Ya estaba muy a full todo esto de las minorías y la diversidad, que a mí me pareció fantástico. Pero se elegían temas a propósito para conseguir plata, sin alma, sin un verdadero conocimiento ni ganas de dar a conocer nada, sino porque es lo que estaba de moda», razona.
El impulso definitivo llegó tras el planteo de una productora que lo alentó a presentar la idea ante el Incaa. El desarrollo demandó cerca de ocho años de trabajo. «Yo no quería parecer un oportunista, ni quiero transmitir eso. No me quiero victimizar. Porque uno puede hacerlo, uno puede decir ‘tengo epilepsia, bancame, no te puedo atender ahora. Hablemos en una hora’… Y eso es un peligro, porque terminas en una zona de confort, complicándole la vida a todo el mundo y uno no tiene una vida más difícil que los demás», reflexiona, y agrega: «Y era reticente a hablar de ese tema. Una productora, una jefa, que me vio tener ausencias, me escuchó, me preguntó cosas y me dijo: ‘Santi, yo creo que vos tenés algo para contar al respecto, para decir. Y estaría bueno que lo digas. Y ahí comenzó todo».
En cuanto al apartado técnico, van Dam priorizó el vínculo humano y el testimonio, lo sonoro, la palabra por sobre la ostentación visual. «Es una película que apuesta mucho más por el contenido que por una unicidad estética o calidad 4K u 8K. Lo importante es lo que le llega al espectador», dice el realizador.
Redes y enigma
Más allá de las salas, la proyección de «El temblor» ha propiciado encuentros y diálogos entre los asistentes. Van Dam relata cómo al finalizar las funciones se generaron rondas improvisadas de conversación donde personas con la misma condición compartieron testimonios sobre tratamientos innovadores, cirugías cerebrales e historias de vida.
Respecto al abordaje cultural de la enfermedad, el director destaca la dimensión simbólica que la epilepsia ha tenido en la historia de la humanidad: «Al ser el cerebro un órgano del que aún se conoce muy poco, la epilepsia refleja una coyuntura, una forma de ver el mundo, donde sea que aparezca… Para los esquimales, quien tenía epilepsia poseía una conexión chamánica; en la Edad Media, en cambio, a la persona se la quemaba porque se consideraba que tenía el demonio adentro, cada cultura le daba un sentido distinto».
La cita para conocer la película y dialogar con Santiago van Dam es hoy.




