Por la tarde, cuando empieza a caer el sol, el comedor se pone en movimiento. Y con él, también la vida en uno de los asentamientos más invisibles de la Capital. A las 6.30 el viento del otoño se hace sentir en la zona sudeste de la ciudad. No hay veredas ni asfalto. Hay tierra abierta, olor persistente a basura cerca. A metros del comedor se pueden ver las trincheras del vertedero San Javier, el basural ubicado a 10 kilómetros de la plaza 9 de Julio, que recibe la basura de la ciudad y de municipios vecinos. En ese escenario, las ollas ya hierven sobre el fuego.
Una polenta espesa espera en una olla grande. La salsa todavía se cocina. Un chico ralla queso sobre una mesa improvisada. Don Mario Echazú termina de acomodar la leña. Más allá, una olla de unos 100 litros empieza a llenarse de leche para el arroz con leche.
Las mujeres se turnan para revolver con cucharas de madera. Mónica Sosa, Sandra Gutiérrez y Mariela Laguna se mueven alrededor de las ollas mientras organizan la comida. El vapor sube lento. Nadie parece apurado, aunque todo tiene un ritmo preciso. A unos metros ya empiezan a llegar vecinos con recipientes en la mano. Un chico. Dos mujeres. Después otra familia. La fila todavía es corta.
El comedor comunitario La Morena funciona dos veces por semana (los días van rotando de acuerdo a la organización) y entrega alrededor de 200 raciones por jornada. Detrás, coordinando todo, está Alicia Coria, voluntaria de Cáritas hace seis años y referente territorial de la zona. «Los vecinos pican, traen el agua, lavan la olla, cocinan. Esto es comunitario», explica mientras supervisa la preparación de la comida.
Hasta hace poco las ollas estaban dentro de una vivienda prestada. Hoy todo funciona a cielo abierto, frente a la casa de la vecina. La idea es construir más adelante un espacio fijo que sirva también como lugar de contención para chicos y adolescentes. «Queremos hacer talleres, apoyo escolar, barbería, recreación. Acá estamos a 3 kilómetros de una plaza, de un CIC, del centro de salud, de la escuela, de la parada de colectivo, de todo», cuenta Alicia. Pero el problema principal es otro. «Esto es una emergencia sanitaria. La gente no puede vivir acá», dice, mientras señala las trincheras del vertedero.

En San Javier y alrededores viven más de 450 familias y más de 200 niños y niñas. El asentamiento comenzó en 2019 con apenas tres familias y creció rápidamente durante la pandemia. «Cuando se iban sumando avisamos, pero no hubo respuesta. Después llegó la pandemia y avanzó todo», recuerda.
Las casas -de madera, chapa, plástico y bloques- se multiplicaron alrededor del basural. Y aunque el barrio sigue siendo irregular, la vida continúa. Este año el comedor cambió incluso sus horarios para adaptarse a la realidad de las familias. «Antes dábamos al mediodía, pero mucha gente trabaja todo el día en ferias o como vendedores ambulantes y no llegaban. Ahora hacemos la cena», explica Alicia.
Las ollas se llenan con donaciones de salteños anónimos y solidarios, aportes de parroquias y trabajo comunitario. «Tratamos de hacer comida bien nutritiva. Las familias por ahí no pueden comprar verduras o carne. Entonces nosotros reforzamos mucho la alimentación», cuenta.
Esa noche el menú incluía polenta con salsa, queso rallado y arroz con leche. Todo cocinado a fuego. Todo con agua transportada en bidones. «Tenemos que traer más de 300 litros de agua», explica Alicia. «Acá muchas familias no tienen. Es lo que más necesitan que se les done».
Vivir sin agua
La falta de agua aparece en casi todas las conversaciones. Miriam Gaspar acomoda recipientes mientras empieza el reparto de la comida. «A mí me preocupa vivir acá. Por el frío, por la basura, por la tierra. Y porque acá no hay agua», dice. Cuenta que cuando llegó sí tenía una conexión, pero que el crecimiento del asentamiento dejó a muchas familias sin presión. «Ahora no sale nada».
En verano, la situación empeora. «Hay veces que se junta agua a las tres o cuatro de la mañana», cuenta Carolina, otra vecina del barrio.
Las conexiones son precarias. Algunas familias lograron engancharse desde barrios vecinos. Otras cargan bidones desde una manguera cercana al basural. «A nosotros no nos quedó otra», dice Carolina. «No estamos acá por gusto, estamos por necesidad».
Llegó al asentamiento hace casi cinco años después de no poder seguir pagando alquiler. Una situación que se repite en los testimonios. Hoy trabaja junto a su marido en albañilería. «Somos independientes. Vamos donde salga trabajo».
En San Javier no todos trabajan en el basural. Muchos vecinos hacen changas, limpiezas, ventas ambulantes o tareas de construcción. José, migrante venezolano, llegó hace tres años a la Argentina y vive desde hace dos en el asentamiento. «Trabajamos de todo lo que salga. Construcción, herrería, cortar pasto, hacer pozos. Lo que haya», cuenta mientras espera su vianda. Para él, el comedor representa «una gran ayuda» porque «la plata no alcanza».
Pero incluso quienes logran sostener trabajos temporarios conviven con las consecuencias del lugar. «Hay infecciones respiratorias, problemas en la piel, humedad constante», explica Alicia. «El olor te seca los labios. La contaminación les impide avanzar». Cuenta que muchas veces siente impotencia frente a la realidad del barrio. «¿Qué sueños puede tener un niño que vive acá?», se pregunta.
Cómo colaborar
El comedor comunitario La Morena recibe donaciones de agua mineral, leche, leña, verduras y carne para sostener las más de 200 raciones que entrega cada semana en el asentamiento. Quienes deseen colaborar pueden acercarse al comedor durante las jornadas de trabajo comunitario. También pueden dejar donaciones en la parroquia del Tránsito.
Todo por sobrevivir
La noche cae rápido sobre San Javier. Las ollas empiezan a vaciarse mientras la fila crece. Algunas mujeres sirven la polenta. Otras agregan la salsa y el queso rallado. Mariela Laguna reparte el arroz con leche. Las manos no paran. Algunos chicos miran atentos. Otros juegan cerca del fuego. «Hay veces que nos quedamos sin comer nosotras», cuentan las colaboradoras. Pero nadie se va sin su ración. En medio de la tierra, el humo y la contaminación, la olla comunitaria funciona como un punto de encuentro. Y también como una forma de resistencia cotidiana. Porque mientras el asentamiento continúa creciendo alrededor del basural, las familias siguen sosteniendo una idea sencilla y urgente: sobrevivir.








