En el Colegio Salesiano Ángel Zerda se desarrolla hasta mañana sábado un congreso educativo en conmemoración de los 150 años del primer escrito del Sistema Preventivo de Don Bosco. Ante supervisores, rectores, directores, coordinadores y docentes de todos los niveles, disertó el especialista en educación Bernardo Blejmar sobre la gestión de la palabra y los desafíos de las instituciones educativas. En diálogo con El Tribuno, planteó la necesidad de dar mayor autonomía a las escuelas, fortalecer la formación docente y recuperar la calidad de las conversaciones. También advirtió sobre la pérdida de autoridad basada únicamente en los cargos y el impacto de la violencia discursiva en la sociedad.

Con respecto a la autonomía de las escuelas, ¿qué decisiones deberían poder tomar los directores sin depender del Ministerio d eEducación?

Mi impresión es que hoy necesitamos que haya un crecimiento de una autonomía, obviamente responsable y diferenciada. ¿Por qué diferenciada? Porque también hay que evaluar los tipos de escuelas, las situaciones en las que están, las capacidades que tienen y el acompañamiento que necesitan.

La línea es que cada centro educativo tenga cada vez más libertad para diseñar sus contenidos, su acercamiento a la comunidad e, inclusive, para poder elegir, desde el punto de vista directivo, los docentes con los cuales necesita armar un proyecto.

Tener la autonomía de saber que durante un tiempo hay un equipo que puede madurar y no sale de acuerdo con situaciones eventuales, de estar un año, tres meses o cuatro meses, con suplencias. Entonces, la autonomía tiene que ver con poner en situación la responsabilidad de cada centro educativo por su proyecto concreto.

Y ¿en Argentina las escuelas están pudiendo tener un poco de autonomía? ¿Cuál es la situación?

Yo creo que, a veces, la autonomía es por default, dado que existe un desprendimiento de responsabilidades de los gobiernos respecto a lo que está pasando. Cada uno, a veces, está librado a su suerte. No es la misma autonomía que estar librado a su propia suerte. A veces eso ocurre porque quedan desligadas y abandonadas.

En otros casos, porque están demasiado sujetas a regulaciones, a situaciones y a burocracias que les impiden asumir la posibilidad de diseñar su propio tiempo para gestar el proyecto educativo.

¿Cómo se mejora la educación cuando faltan recursos, los docentes están sobrecargados y hay problemas de aprendizaje?

Yo creo que siempre tenemos varias miradas que se superponen y varias intervenciones. Hay una responsabilidad clave del Estado, porque es el Estado el que tiene que garantizar un nivel de educación, de desafío, tanto económico como de esfuerzo y de política.

Pero también es cierto que cada escuela es responsable del lugar que le toca generar. Entonces, creo que la necesidad de leer, diagnosticar y darse una estrategia en las condiciones en que cada uno puede jugar es también lo que confío que ocurra en cada centro educativo.

Me parece que hay que confiar y exigir el cumplimiento de la responsabilidad del Estado, pero al mismo tiempo no descansar solo en lo que viene o no del Estado, sino también en lo que la fuerza local, el equipo local puede generar desde sí mismo.

¿Por qué cuesta tanto transformar los resultados educativos, incluso cuando se implementan programas de mejoras?

Yo creo que nos debemos una fuerte reflexión acerca de lo que hacemos, cómo lo hacemos y qué deberíamos hacer. Son tres preguntas. Preservar porque lo hacemos bastante bien, cambiar porque lo que hacemos ya no alcanza y agregar porque no lo tenemos. Esas son tres preguntas clave para cualquier proceso de transformación.

En mi opinión, tenemos un desafío tecnológico, pero también un desafío de cercanía, de construcción de vínculos. Por lo tanto, no podemos pensar que solamente la tecnología va a ser el único habilitador de un crecimiento educativo. La necesitamos y tenemos que poder incorporarla y gestionarla.

Necesitamos también un nuevo modelo de relacionamiento, de construcción de equipos, de comunidad y de comunidades de prácticas de docentes. Necesitamos un cambio en los modelos de formación de nuestros directivos y educadores, que atiendan no solamente a las ideas, sino a las destrezas para tener habilidades y también a pensarse como sujetos en términos de personalidad y temperamento, que también influyen. Hay una integralidad que necesitamos abordar.

Además, me parece que una parte importante de todo esto es qué importancia le estamos dando, como sociedad, a la escuela y a la educación. En el último registro del Latinobarómetro se sostenía que, como tema de agenda para esta sociedad, la educación estaba en el séptimo u octavo lugar. Mientras esté en el séptimo u octavo lugar para la ciudadanía, para la gente, va a ser muy difícil cualquier proceso de transformación educativa.

¿Cómo ve la formación docente? ¿Qué le preocupa y qué cambios haría?

Tres estrategias. Una la podríamos llamar el aula. El aula es el lugar donde se conversa, se plantean ideas, se discuten teorías, se discuten conceptos, se aprende intelectualmente. Hay otro lugar que llamaría el gimnasio, donde hay que practicar destrezas: conversar, presentar un texto, preguntar, manejar tensiones, manejar conflictos. Son habilidades, negociar, son habilidades que hay que tener.

Vos podés saber mucho de Matemática, pero no saber cómo transmitirlo. Entonces tenemos un desafío en la transmisión, no en el saber. Pero también hay un último punto que para mí hoy es clave en el mundo en que vivimos. ¿Qué tipo de química, qué tipo de empatía, qué tipo de relación y de vínculo establezco con el otro? A partir de mi personalidad, a partir de mí mismo.

¿Cuánto sé de mí mismo como docente acerca de mis fortalezas y mis debilidades? ¿Cuánto puedo crecer como persona? Porque, finalmente, lo que está en juego no es solamente un saber, sino un vínculo. Y el vínculo también tiene que ver con lo emocional y con el feeling, la química que tengo con los demás.

En el interior profundo ¿cómo hace un directivo para gestionar? Ahora veíamos el caso de Corrientes, donde una de las hipótesis es porque la directora reclamaba cosas…

Primero, estamos de duelo por esa docente. Segundo, si es como la información nos lo da, creo que tenemos un doble problema, una doble situación trágica. Obviamente, la primera es el asesinato, que es el asesinato de una docente y es un femicidio.

Pero la otra cuestión que señalás es la relación que puede tener, no lo sé, con alguien que levanta la voz. Y yo propongo que se levante la voz en todos los niveles. Que se levante la voz para cuestionar, a veces, privilegios, cuestionar lo que no ocurre o lo que debería ocurrir.

Tener una voz más presente de los docentes para no solamente cuestionar, sino también proponer, pero también para cuestionar. Y si eso que ocurrió tuvo que ver con alguien que levantó la voz, tenemos como responsabilidad ciudadana y de gobierno, en principio, tener una profunda reflexión y generar la seguridad psicológica de que en una escuela, en un país donde sea un peligro hablar y decir lo que pienso por lo que viene después, tenemos un futuro muy incierto.

Esa es una responsabilidad no solo de los docentes, de los educadores, sino de la ciudadanía y, fundamentalmente, de los gobiernos, que tienen que hacerse cargo de eso.

¿Los docentes y los directivos qué le dicen? ¿Qué les preocupa? ¿Qué le transmiten?

La primera cuestión es que se sienten acompañados. Sienten que no es solamente un tema de teorías pedagógicas académicas, sino que tiene que ver con la práctica cotidiana y con sentirse entendidos o comprendidos, lo que les genera la reflexión.

Porque para mí lo más importante no es lo que dice un docente, como en este caso una conferencia, sino los pensamientos y los sentimientos que evoca en la gente que escucha y que producen un cambio, un antes y un después de ese encuentro.

Hay un libro muy interesante de Máximo Recalcati que se llama La hora de clase y dice en algún párrafo que una hora de clase te puede cambiar la vida.

Todos sabemos que una hora de clase te puede cambiar la vida, una conversación te puede cambiar la vida, una conferencia te puede cambiar la vida. No por la conferencia, sino por lo que eso invoca en vos y aquello que llegó. Y esa es nuestra tarea como docentes.

Hoy le tocó abordar la gestión de la palabra. ¿Cuál es la importancia de esa gestión?

Yo creo que es el instrumento clave que tiene un educador para hacer su trabajo. Mantener conversaciones, escuchar, contar historias, poder transmitir un saber, tener conversaciones.

Finalmente, ¿qué es una clase? Una muy buena conversación entre alguien que sugiere cosas, que escucha cosas y que articula un tejido de una ida y vuelta.

Entonces, hay un instrumento en el que todavía no hemos puesto el foco: la calidad de nuestras conversaciones. Porque, finalmente, hemos aprendido a conversar después de haber pasado por la resolución de conflictos a través de la violencia.

Tal vez el peligro al que hoy estamos asistiendo es justamente la devaluación de la palabra, la mentira, la posverdad, la violencia discursiva.

Y eso tiene mucho que ver con lo que nuestras más altas autoridades, incluyendo el presidente actual, utilizan como palabra, como elemento de discriminación, de violencia, de descalificación. Eso permea la cultura de la palabra.

Yo creo que tenemos que tener una actitud de alternativas, de cuidar y de denunciar algo que no es menor.

La palabra crea realidades, la palabra crea emociones, la palabra destituye o la palabra acompaña, contiene, conforma e impulsa.

¿El docente y el directivo han perdido autoridad?

Todos hemos perdido autoridad de cargo. Quiero decir que, por ser docente, director, padre, maestro o médico, por el solo hecho de tener un cargo, hemos perdido lo que antes era el poder del cargo.

Lo que tenemos es el desafío de tener el poder, no del cargo, sino de la persona que ocupa el cargo.

Y ese es el desafío subjetivo que tiene cada uno, que tiene un docente, que tiene una periodista, que tiene un médico, al cual ya no le alcanza el título, sino la relación que tiene con el paciente.

O con un ministro, al que ya no le alcanza solo el cargo. Eso es una habilitación. La legitimidad se la da el otro, no un cargo.



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