Las góndolas salteñas muestra una evolución dispar de los precios: mientras algunos alimentos registraron fuertes aumentos en los últimos seis meses, otros tuvieron variaciones más moderadas. Un relevamiento realizado en supermercados del centro y la zona sur de la ciudad muestra cómo estas diferencias obligan a los consumidores a recalcular cada compra.
La comparación entre los valores relevados a mediados de febrero de este año y los actuales evidencia con claridad esa dispersión. En el rubro almacén, por ejemplo, la harina Morixe es uno de los casos más contundentes: pasó de $750 a $1.490 por kilo, lo que representa prácticamente el doble en medio año. Se trata de un producto clave en la alimentación diaria y elaboración de pan, por lo que su impacto es directo en la mesa familiar.
Otros productos secos también acompañaron la tendencia, aunque con subas más moderadas. Los fideos Lucchetti, de 500 gramos, aumentaron de $1.500 a $1.600, mientras que el arroz Vanguardia pasó de $1.000 a $1.190.
En el segmento de lácteos y derivados, el comportamiento también fue alcista. La leche Cosalta en sachet, de un litro, subió de $1.550 a $1.900, mientras que el azúcar Ledesma pasó de $1.420 a $1.590 por kilo. La yerba mate Cachamai, de 500 gramos, otro producto esencial en el consumo cotidiano, aumentó de $2.550 a $2.650.
El queso cremoso, con precios muy diferentes según la marca, muestra otra señal de la dispersión que aparece en las góndolas. Actualmente, se consigue entre $8.490 y $18.990 por kilo, dependiendo del fabricante, ampliando la brecha dentro del mismo producto y dificultando su inclusión regular en la compra.
En carnes, si bien los precios ya partían de niveles elevados desde hace tiempo, también se registraron aumentos, aunque con un comportamiento dispar según el corte. El cuadril pasó de $20.000 a $23.490 por kilo, mientras que el vacío subió de $23.000 a $23.265. Otros cortes como el peceto alcanzan los $23.990, mientras que alternativas como la paleta: $19.490 o el matambre: $19.990 quedan algunos escalones por debajo.
Este escenario confirma que la carne sigue siendo uno de los productos más caros de la canasta, pero también evidencia diferencias internas que condicionan la elección del consumidor. En paralelo, el pollo se mantiene en torno a los $4.000 por kilo, consolidándose como una opción de reemplazo frente a los cortes vacunos.
El pan francés, otro indicador clave del consumo cotidiano, también registró un aumento y pasó de $4.000 a $4.400 por kilo, reflejando el impacto de los costos en un producto básico de la dieta diaria.
En el rubro aceites, el girasol Legítimo, de 900 cc, tuvo una suba leve, de $3.211 a $3.322, lo que refuerza que no todos los productos siguieron el mismo ritmo de aumentos. Algo similar ocurre en bebidas e infusiones: el té La Virginia, por 50 saquitos, prácticamente no tuvo variación y se mantiene cerca de los $2.000, mientras que el jugo Tang pasó de $450 a $550.
Entre otros productos, la mermelada Arcor de durazno, de 454 gramos subió de $3.100 a $3.150, mostrando una variación mínima, mientras que las galletitas de agua Media Tarde evidenciaron un aumento más marcado, de $2.100 a $2.500 por pack.
Un consumo cada vez más selectivo
Esta heterogeneidad en los aumentos es, precisamente, uno de los rasgos más distintivos del escenario actual. Ya no todos los precios suben al mismo ritmo, lo que genera un efecto directo en la forma de comprar: el consumidor compara más, sustituye productos y prioriza en función de las variaciones.
Esa lógica se refleja en los testimonios recogidos durante el relevamiento. Ángela Carrizo, jubilada y quien vive en el barrio Santa Ana, contó que su rutina cambió por completo. «Antes hacía una compra más o menos fija, ahora no. Voy mirando oferta por oferta. Si algo subió mucho, directamente lo dejo. A veces voy a los mayoristas porque parece rendir más, pero igual todo está caro», relató la mujer.
Roberto Soriano, quien trabaja como albañil y vive en el barrio Bancario, puso el foco en la carne: «Es lo que más se siente. Antes podía llevar distintos cortes, hacer un asadito de vez en cuando pero ahora compro lo justo y necesario o directamente cambio por pollo. El sueldo no alcanza», expresó el trabajador.
Detrás de estas experiencias aparece un patrón común: el consumo ya no se organiza en función de hábitos, sino de precios. La dispersión de aumentos obliga a una planificación constante, donde cada producto entra o sale del changuito según su evolución.
El relevamiento, en definitiva, no solo muestra que los precios siguen subiendo, sino que lo hacen de manera cada vez más desigual. Y en esa diferencia es donde se juega hoy el ajuste cotidiano de los hogares salteños.




